Identidad en transición
Lo que sostiene la escritura. Volví.
Mi escritura cotidiana habita en la intimidad de mis cuadernos. Digo mis, porque en estos primeros cuatro meses del año ya terminé varios.
Llevo mucho tiempo sin pasar por acá, no porque no tuviera nada que contar, sino porque este espacio nunca fue un lugar en el que necesite dejar evidencia de mi existencia, o de la enorme cantidad de sucesos por los que transito.
Los últimos años aprendí algo que finalmente estoy aceptando: mi energía no me permite dispersarme demasiado. Aunque lo intente, no puede. Y así como, en ocasiones, esto me trajo problemas (me hizo aislarme, hundirme, equivocarme, perder a gente que quiero mucho, alejarme de amigos), también me permite dos cosas: atravesar la mierda cuando aparece sin hacerme la tonta, y obsesionarme con las cosas en las que creo y con las cosas que creo.
No encuentro otra forma de volver a este espacio que no sea hacer un repaso de cosas en las que estuve pensando y sobre las que estuve escribiendo.
En transición
Empecé el año pensando en todo mi recorrido profesional, y cómo es que hay algo que hace que cada dos años necesite una transformación.
Una astróloga podrá encontrar alguna justificación en mi carta natal, un terapeuta podría preguntarme qué pasó a mis dos años. Yo, raramente, todavía no me obsesioné en encontrar respuestas que expliquen el porqué, pero no puedo evitar mirar de frente el hecho de que desde que empezó mi vida profesional, cada dos años casi religiosamente hubo un giro, un cambio, un salto.
Mi identidad profesional está, una vez más, en transición.
Por más terapia que haga, por más autoconocimiento que acumule, a veces me sigo preguntando si no será que tengo un problema, si hay algo que vino fallado en mí, por qué no puedo, simplemente, conformarme.
Y mi escritura estuvo durante varias semanas, como mi cabeza, con muchas ideas, con muchas dudas, con mucho entusiasmo, con mucho de todo. Es imposible escribir algo publicable así (¿qué sería algo publicable?). Es que mi escritura estuvo, también, en transición.
Estuvimos, mi escritura y yo, haciéndonos preguntas: ¿lograré conseguir clientes?, ¿cuál es el siguiente paso?, ¿qué historia tengo para contar?, ¿cuáles van a ser mis nuevos momentos de escritura?, ¿qué trámites tendré que hacer?, ¿qué no me tenía que olvidar para el viaje a Japón?, ¿dónde podré dar mis próximos talleres?, ¿qué rituales de escritura puedo crear para proteger mi literatura?.
Ante todas esas y más preguntas, fui a mis cuadernos. Escribí. Escribí mi plan de negocio, bajé a palabras mis servicios, empecé a preparar lo que será mi web, mis presentaciones, mis propuestas, me hice a mí misma los cuestionarios que les hago a mis clientes, medité, cuando pude, cuando no tuve una migraña o cuando no me quedaba dormida. Me zambullí en una serie que miré por cuarta vez porque me gusta mucho y porque necesitaba que algo de todo lo que me rodeaba no fuera incertidumbre. Y leí, leí como si no hubiera un mañana, me metí en historias ajenas contadas por otras mujeres, por mujeres que no tuvieron miedo, o lo tuvieron pero lo hicieron igual. Leí sin parar, y lloré con esas historias, y me indigné y me enojé con los personajes, y después con las escritoras y después les agradecí por haberme hecho pensar. Terminé un libro y pasé a otro y a otro, sin detenerme un minuto a reflexionar. Y me arrepentí, entonces le pedí a una compañera del trabajo que estaba a punto de dejar que leyera el libro que estaba a punto de terminar. Y lo compró, lo leyó, y entonces nos dimos cuenta de que somos devoradoras de historias y de que no queremos perder nuestro pensamiento crítico. Y, después de almorzar, nos quedamos un rato largo hablando, y haciéndonos preguntas sobre la lectura, sobre la autora. Y la buscamos porque queríamos escuchar cómo presentó al libro, queríamos saber si nos cae bien o no. Y no encontramos muchas repuestas, pero nos quedamos pensando y al día siguiente nos dimos cuenta de que la autora no nos cae muy bien, pero después comentamos que qué bueno es el libro, porque ¿y nosotras qué?, ¿y nosotras cómo hubiésemos actuado?.
Y mientras tanto, apareció un poco de culpa, no quería que mi jefe pensara que, como me iba, ya no me importaba nada. Entonces, corté la conversación y le dije que mejor seguía trabajando, pero también me arrepentí en ese mismo momento, porque, al final, eso, esas charlas, es lo que voy a extrañar de esa realidad. Y escribí sobre eso, sobre lo que voy a extrañar: hablar de literatura con E, cuestionarnos la vida con MJ, convidarle comida a M, que J me cuente de sus hijos y de sus nietos y de sus viajes, la pasión por el trabajo de M, los chistes de I, las visitas de O, los “y si” de A, las recomendaciones musicales con L. Porque hace tiempo que escribo en mis cuadernos con la intención de que no solo haya un registro de la oscuridad, de la incomodidad, del malestar.
Y me pregunté qué estoy haciendo, pero mi cuerpo me respondió cada vez que me hice esa pregunta. Como cuando, después de mucho tiempo quieta, los vaqueros que me quedan grandes me empezaban a apretar o los días en los que el café hacía que algo dentro se acelerara o cuando miraba por la ventana y pensaba “lo linda que es la arquitectura de Barcelona pero qué hago acá adentro tantas horas” o cuando hablaba con MJ y quería automáticamente ayudarla a crear su marca o cuando salía rápido de la oficina para conectarme a la llamada con A para seguir ayudándola con su nuevo negocio o cuando armé en una hora de almuerzo otro presupuesto y de solo pensar en ese nuevo posible proyecto mi algoritmo mental empezó a traerme ideas y análisis que aún no tenía que hacer, pero que no pude evitar, porque hay algo en ese proceso que se(me) enciende.
A veces quisiera conformarme, quisiera ser un poco más estable. Pero después pienso en eso que me dijo papá, que no soy inestable, que soy inquieta, y que eso esta bueno. Y ahí me quedo tranquila, porque me lo dice papá y porque necesito creer que está bien, que cambiar está bien, aunque a veces se vuelve insoportablemente incómodo, aunque la incertidumbre se vuelve un tanto adictiva. M me dice siempre que llevarme bien con la incertidumbre es una gran habilidad que tengo, y que es lo que me permite animarme a hacer todo lo que hago, yo le respondo que estoy agotada, y ella me dice que estoy mezclando las cosas, que si estoy cansada es porque tengo que descansar más y no querer hacer todo a la vez.
Estoy en transición. Dejé un trabajo, estable y con cierta estructura, para enfocarme en otro, con más aristas y cuya estructura depende de mí. Y mientras tanto escribí. Después de eso estuve cinco semanas en Japón acompañando a un nuevo grupo de StationeryTrip. Y en el camino escribí.
Y ahora, desde mi estudio, intento volver a este espacio. Recorro las páginas de mis cuadernos tratando de encontrar algo valioso para compartirte a vos, que me estás leyendo. Y lo único que se me ocurre es compartirte este texto repleto de letras Y, de personas que me llevan a otras personas, de lecturas que me llevan a un pensamiento crítico que no quiero perder, de preguntas para las que aún no tengo todas las respuestas. Porque al final, la escritura cotidiana es lo único que se mantiene, o que logro mantener. Cambia, pero la sostengo. A decir verdad, ella me sostiene a mí.
Estoy en transición y me costó aceptar que estos primeros meses del año, la escritura no podía ser un producto, un entregable, porque estaba siendo refugio. Escribir para pensar y escribir para publicar pueden ir en paralelo, pero no siempre.
Es lindo darme cuenta de que La Costumbre de Escribir sigue siendo una invitación a escribir, no como contenido, no con un fin productivo, sino como compañía, herramienta o lugar seguro.
Volví. Volví de Japón y volví a este espacio. Con la cabeza llena pero más ordenada y con un proyecto en mis manos. Pronto les cuento más.
¿Cómo estuvo todo por acá?
Nos leemos,
Car



En muchos pasajes de tu texto me sentí ahí. En las constantes transiciones -que a veces cuestan porque una quisiera tener más definiciones-, pero también en esa idea de apostarlo todo por lo nuevo que hay por descubrir. Dejar lugares "seguros" para ir a otros sitios más seguros aún, solo que aún no lo sabemos :)
Me sentí identificada con tu necesidad de transformación (me quedo pensando si la mía también se da cada dos años y me parece que sí), con tus migrañas y con que la escritura de tus diarios es una constante.